Steve se va
Steve Jobs, cofundador de Apple, ha tenido que sortear el difícil sendero de una salud quebrantada.
Desde que anunció que tenía cancer en el páncreas en 2003, Steve Jobs, cofundador de Apple, ha tenido que sortear un difícil sendero, en el que los intereses corporativos han dado forma controlada, discreta y siempre positiva, a los rumores sobre su salud.
En ese entonces, sus abogados le recomendaron no dar a conocer su condición. Un año después, se anunció la victoria sobre el tumor sin quimoterápia. Le siguió el proclamar su sanidad en Stanford, donde aseguró :“estoy bien”. En el 2008, una “simple gripe” era la causa de su apariencia decaída y nos dijo que exagerábamos. Supimos, más tarde, que esperaba recibir un transplante de hígado; nada de lo que preocuparse, ya que el procedimiento fue todo un éxito. En enero de este año se ausenta de Apple por razones de salud, y ayer, a sus 55 años, no dice que se va.
Puedo imaginar que para Apple, una de las compañías más rentables, el control de información sobre uno de sus capitanes es vital. Ayer, por ejemplo, el anuncio hizo que sus acciones bajaran un 5% (¡no está nada mal!). Puedo también imaginarme (ahora sí, con gran dosis de imaginación, por que vivo por bajo del “nivel de pobreza”) que tales corporaciones deben tener planes de contingencia en esos casos.
Después de todo, el valor supremo del capitalismo es asegurar la eterna plusvalía, y que los inversionistas, sin trabajar, ganen dinero. No me preocupa (…demasiado) que al sucesor de Jobs, Tim Cook se le conozca como “el cocinero en las sombras” o “el gentil misántropo” (no, no me lo estoy inventando). ¡Pero, que más da…! ¡Se trata de Apple compadre! Y algún día conseguiré uno de esos iPads (tan pronto como cambie mi “nivel”).
A pesar de los cuchicheos del día sobre el “que pasará ahora”, una cosa es segura. Steve Jobs, el “visionario sin diploma” (no, hijo… tu te me quedas en la escuela), el profeta del cyber-optimismo, el hombre que nos da estatus con sus maquinitas, se está muriendo antes de tiempo. Y con la noticia, el optimismo de la trascendencia humana vía el ingenio, choca con la pérdida absoluta de trascendencia. La Modernidad la tiramos ahora al maletero, y nos sentamos en el umbral del “no nos queda tiempo”.
Claro, lo que queda es el legado humano, el “dejar este mundo mejor que lo encontramos” (sí, me encantan los clichés). Pero la conversación cambió ayer con el anuncio. Ya no se trata de ciencia, tecnología, mercados, dinero, o ingenio humano. Se trata de la finitud de nuestro ser. Me imagino que Steve ha estado en ese desolado lugar por algún tiempo. Aunque lo sospechábamos, finalmente nos enteramos ayer. Cuando Jobs se quitó la mascara de Apple, se nos convirtió en compañero de lucha, se convirtió en nuestro prójimo. Desafortunadamente, Steve Jobs no podrá asistir al Prometedor Futuro que ha estado promoviendo. Yo, me debo disculpar también por que tampoco asistiré (…eventualmente). Hoy comentamos la noticia en clave de obituario, aunque no lo sea aún.
El teólogo argentino Salvador Dellutri, con su aplastante calma ante la tragedia humana ,me dijo una vez que la percepción fatalista que tenemos de la muerte se cura con la esperanza de que ella no es el destino en nuestra jornada. Simple, pero quisiera una pequeña dosis de esa clase de fe ahora mismo.